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Clases particulares de Biología del comportamiento: Neurobiología, Psicobiología ó Biopsicología, Psicofisiología, Neurofisiología, Neuroanatomía, Neurociencias, Sistema Nervioso Central y Periférico para estudiantes de Psicología UBA Maimónides Universidad de Belgrano
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Hasta los 26 años, Cole (Nicole) no tenía idea de porqué no podía dar la hora, o aprender a manejar o cruzar una calle por sí sola, incluso cuánto tiempo para abrazar a alguien. Finalmente, un terapeuta ocupacional en Portland, Oregon le sugirió a Cohen que se hiciera una IRM y la mañana del 17 de Junio de 2007 ella y sus padres conocieron al Dr. Volt que les mostró sus resultados.

En su libro, Head Case: My Brain and Other Wonders, ella describe su diagnóstico:
A la izquierda la IRM de un cerebro típico. A la derecha el cerebro de Cole Cohen.
"El Dr. Volt está tras su escritorio, el monitor de su computador está volteado hacia nosotros. No entiendo la imagen frente a mí, es un segmento en blanco y negro de un cerebro. Asumo que el mío, con una mancha negra dentro, con forma de un corazón que le falta una porción."

"Me digo que es una mancha en la imagen, la cual es muy grande para que esté ahí. Es algo de lo que no hay que preocuparse, algo que no entiendo y que el doctor explicará."

"Todos mirábamos atónitos la imagen de la pantalla hasta que el Dr Volt comenzó a hablar. 'Entonces, este es tu cerebro... y esto' — y señala con un lapiz la mancha negra —  'es un agujero.' La imagen vuelve al foco. No es debatible."

“Un agujero.”

“Sí.”

“Hay un agujero en mi cerebro.”

“Sí.”

Cohen preguntó la siguiente pregunta obvia: ¿Cuán grande es?

Volt tomó su lapiz y señaló la imagen de sus cuencas oculares en el escan.  Utilizó el área con su mano desde el ojo hacia el agujero una y otra vez hasta que dijo: "Como 20 cuencas oculares". "Del tamaño de un limón. O, digamos, ¿un puño pequeño? Como el puño de un niño de 10 años".

Hasta donde Cohen sabe, nunca ha sido reportado un caso como el de ella. Luego de la cita con el Dr. Volt, fueron a almorzar. “Estábamos atónitos. Estábamos intentando procesarlo.”

A la madre de Cohen le preocupaba que fuese genético, pues su propio hermano había muerto de un aneurisma cerebral a los 17. Volt aseguró que no era un caso relacionado al de Cohen, de hecho, no tenían idea de qué lo causaba.

Cohen lo podía creer que había pasado 26 años con un agujero en su cabeza, que no estuviera muerta o severamente discapacitada. Le preocupaba que el agujero creciera pero Volt le aseguró que no lo haría.

"Muy rapido todo empezó a parecer absurdo", dice Cohen. "Quiero decir, qué síndrome tan raro, parece que ni siquiera existe".

Cohen tuvo suerte, el agujero lleno de fluido espinal y cerebral estaba donde el lóbulo parietal habría estado. De haberlo faltado el lóbulo temporal habría tenido discapacidad de desarrollo o estaría muerta. Pero el parietal controla el sentido espacial, comprensión numérica, información sensorial y navegación.

De pronto, había una explicación para su vida entera: Por qué no podía determinar cuán lejos estaba un carro en movimiento mientras intentaba cruzar la calle. Porqué cada vez que entraba a una tienda era como si siempre habían reorganizado todo y no podía descifrarlo. Porqué un reloj análogo no tenía sentido. Porqué cuando niña no lograba entender matemática básica.

"Aprendimos substracción con Cheerios, dice Cohen, pero no entendía que tenía que restarlos. Solo los comía"

Aunque Cole era excelente en Inglés y lectura sus padres hicieron que la evaluaran. Los psiquiatras y educadores la diagnosticaron con discapacidad de aprendizaje y con TDA/TDAH. Pasó su vida bajo medicación. Cohen también sufrió de problemas del comportamiento pero no se sabe a ciencia cierta si tenía que ver on los medicamentos. Para cuando comenzó a ver a Dr. Volt, tomaba 100mg del antipsicótico Seroquel (comunmente usado para tratamiento de trastorno bipolar y esquizofrenia), 100mg de Lamictal (también antipsicótico), 8 mg de Rozerem (para dormir) y tabletas de Ativan (para la ansiedad).

"Cuando cumplí 20, comencé a tener rabietas y berrinches," dice Cohen. Fue al colegio al Centro Johnston para Estudios Integrativos de California donde sus problemas se acentuaron. No podía conservar ningún empleo, sin importar cuán insignificante. No podía dar cambio y no lograba decirle a sus empeladores que tenía una discapacidad del aprendizaje.

"La ira que siento a mi misma por no ser capaz de hacer lo que para otros es muy fácil se hace densa con el tiempo", escribe. "Comenzo a saltar de los autos mientras mis padres conducen y entonces comienzo a correr". La frustración la llevó a comenzar a abofetearse cada vez que se sentía abrumada. No contaba con estrategias de afrontamiento y se volvió suicida.

"Lo que tengo no es solo sobre contar y decir la hora. Es percepción y mapeo y el cómo veo el mundo y no se alinea con lo que los demás ven. Y nadie más puede validarte, así que ¿me estoy volviendo loca? ¿qué me ocurre?

Cuando el Dr. Volt la diagnosticó, le quito las medicinas. Comenzó a ver al Dr. Z, un neurólogo quiropráctico que parece ayudarla.

Ella describe su primera cita con él:

“¿Te afeitas las piernas?” le pregunta.

“Sí”, dice Cohen. “Pero a veces olvido... afeitarme una pierna.”

El le dice que es la izquerda. ¿Cómo es posible eso, cuando sabemos que el hemisferio derecho es quien controla el lado izquierdo del cuerpo y viceversa? Resulta que el lobulo parietal de Cohen había sido aplastado por todo ese fluido, que la materia cerebral está técnicamente ahí, pero en el derecho  está atrofiada, por lo tanto la señalización confusa.
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"Necesitaba fortalecer mi cerebro, no mimarlo" Cohen escribe “Eso significa mover todas las carpetas en mi computadora a la izquierda, sentarme a la derecha del profesor, cualquier cosa que force a mi hemisferio a procesar información que viene de mi izquierda.”

Luego está la socialización. Para Cohen, saber cuando y cómo dar un abrazo, o presentarse, nunca ocurría con naturalidad. “En realidad miraba a mi reloj para saber cuánto tiempo saludar a mi compañera de cuarto,” dice. “Los abrazos son una tarea motora. Uno no pensaría que es un asunto neurológico si me conoces, pero eso me genera ansiedad social.”

Ahora Cohen vive sola y trabaja como coordinadora en la Universidad de California. Ha recibido terapia grupal e individual y aún asiste a psicoterapia una vez a la semana. Llegar al trabajo ya no es problemático, usa el mismo autobús a diario, pero si sale luego del trabajo las cosas se complican. La tecnología la ayudado a facilitarle las cosas, a veces pide un Uber y está pensando en hacer sus compras online. Pero en otros asuntos no le va bien.

Si se pierde, por ejemplo, Google Maps no la ayuda mucho.  “No puedo traducir lo que veo en mi teléfono” dice. “Entiendo que el puntito representa un ser humano, pero igual sigo perdida.” Las direcciones escritas no son nada mejor. “Si dice ‘gira a la izquerda’ o ‘ve a la derecha’ sé que tengo un 50/50 de ir en la dirección correcta.”.

Aún así, Cohen vive una vida más independiente de lo esperado, y esto por sí solo es una prueba de la enorme adaptabilidad del cerebro. De que le falte una gran parte de su cerebro y no esté en una institución mental es impresionante.

“Fue muy emocionante ser un descubrimiento médico” dice.

Luego de que salió el libro se siente más tranquila. “La honestidad ha hecho la gran diferencia” dice Cohen. “No se me pide hacer cosas que no puedo hacer”

Fuente:
A woman's struggle living with a lemon-sized hole in her brain. New York Post , 2015
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¿Sabes el vacío que te deja un buen libro?

Hemos creído -nos enseñan- que las expectativas son aquello que tiene mayor probabilidad de ocurrir. Nos enseñan eso y se olvidan de hablarnos de la decepción, de conceptualizarla, y aunque ignoremos el término, lo conocemos bien porque lo hemos sentido.

Nos enseñan también a esperar, esperar que llegue el tren que nos llevará a casa, que pase la lluvia o que llueva, esperar que pase cualquier cosa, cualquier momento, cualquier persona. Esperar la noche, la oscuridad absoluta. Ese instante que no se olvida. Tan vacío devuelto por las sombras. Tan vacío rechazado por los relojes. La vida que nos toca es una espera. Una espera eterna de la nada.

La espera es el deseo, pero el sentimiento precede a éste, como una interacción causa-efecto. El tiempo fue, y vaya qué tiempo. La satisfacción es la muerte del deseo. El intermedio es el placer. La lucidez es dolor y el único placer que uno puede conocer, lo único que se parecerá remotamente a la alegría, será el placer de ser consciente de la propia lucidez.

Estar bien es ser al modo de una estatua. Pálida, dorada, enmohecida. Sufrir es ver un color blanco corriendo hacia una catarata ardiente.

Es el desastre/ Es la hora del vacío no vacío. Ahora es nunca o jamás/ o simplemente fue/ con el tiempo, o sin él. Es el instante de poner cerrojo a los labios/ oír a los condenados gritar/ contemplar a cada uno de mis nombres/ ahorcados en la nada. Todos los momentos que viví en ciudades anteriores, en ciudades que ya me despertenecen, a las que despertenezco. He consumado mi vida en un instante/ La última inocencia estalló.

Frente a ese último atardecer te levantas, te vas. "Ya vengo"—dices/sonríes. Te espero. Estoy a tus pies, donde se mueren las golondrinas, en la página final del libro. Las relecturas no existen, me dijeron... el final no será el mismo. No sabremos lo que pasa. Pero "Nada vuelve a ser igual dos veces". El miedo es un incendio que se propaga rápidamente. Tengo el mismo miedo que tú y a veces creo que juntos podremos apagarlo. Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo/ porque aún no les enseñaron/ que ya es demasiado tarde.

¿Sabes ese vacío que te queda al final de un buen libro? ¿Lo sabes?

Bueno...

(Diciembre, 2012)